Cuando apenas quedan ejemplares y no hay relevo generacional que permita que la especie sobreviva por sus propios medios, hablamos de una especie en peligro de extinción. Si bien esto puede deberse a causas naturales, generalmente es debido a la pérdida y degradación de su hábitat, entre otras cosas, por actividades humanas como la sobreexplotación. Esta es la situación actual de los Médicos de Familia, no solo en nuestra comunidad autónoma, sino en todo el país.
El Ministerio, ciego ante los motivos que han llevado a esta situación, ha optado por la solución más simple: aumentar el número de plazas MIR. Pero esto, lejos de resolver el problema, ha evidenciado aún más su situación de riesgo: en 2025 de las 62 plazas de Medicina Familiar y Comunitaria ofertadas en Asturias, el 14,5% quedaron vacantes (3 en Avilés, dos en Cangas, una en Oviedo, Gijón, Langreo y Mieres), a lo que hay que añadir que es la especialidad que mayor tasa de abandono ostenta.
Es bien sabido por todos que, tras la pandemia Covid19, la demanda asistencial se ha disparado en los centros de salud, pero las plantillas continúan deficitarias. Las 42 citas programadas en la agenda se desbordan a diario, la codificación como AND “Atención No Demorable” es ya un saco roto en el que todo cabe, y a eso hay que sumar los domicilios urgentes que interrumpen la consulta.
Por su parte, nuestra consejería se ha dado cuenta al fin del enorme mamut que había tratado de esconder bajo la alfombra. Y es que cuando empezaron las contrataciones irregulares a facultativos sin el título de especialista, con la excusa de la pandemia, lo que a priori parecía que se podría disimular fácilmente ha pasado a tener las dimensiones y el tonelaje de un paquidermo del pleistoceno.
Los llamados “extracomunitarios” (entiéndase como externo a la Comunidad Económica Europea, dónde los procedimientos de convalidación ya están establecidos) y también los “noMIR”, aquellos que han finalizado la Licenciatura de Medicina en nuestro país pero no han cursado especialidad; son ya una constante en la atención continuada de nuestra provincia. Por ahora los primeros son más numerosos que los segundos ya que estos suelen estar a la espera de repetir el examen y conseguir una nota con la que alcanzar la especialidad que les otorgue mejor calidad de vida.
Esta es la situación de la Atención Primaria en Asturias, una comunidad autónoma con la población más envejecida de toda Europa, dónde hemos puesto tantos remiendos a la asistencia sanitaria que, aplicando aquello de que «lo urgente quita tiempo a lo importante», hemos perdido el control de nuestros pacientes crónicos. Para muestra un botón: este verano, cuando los médicos de los centros de salud ya no daban abasto, se han tenido que turnar en muchos casos, no sólo para cubrir el centro de salud periférico, sino también el que depende de éste, en un intento desesperado de la administración por mantener abiertos todos los consultorios, aunque disten menos de 3-4 km del anterior. Díganme cómo se puede sostener un sistema dónde compartes tu médico de cupo con tres centros sanitarios… y el que se desplaza es el médico.
La respuesta es muy sencilla, redistribuyendo los efectivos que tenemos allí donde se pueda prestar una asistencia de calidad y centralizando la atención continuada en aquellos que, bien dotados de personal, sí podrían dar respuesta a una alta demanda asistencial. Formando equipos de respuesta rápida que se encarguen de los domicilios que, si bien no constituyen una emergencia, deben ser atendidos sin demora. Y mejorando las condiciones: limitando las agendas, formando a los médicos en la gestión proactiva de su consulta, dietas en atención continuada y una indemnización por transporte digna, pues son los profesionales los que ponen sus vehículos particulares.
Hablar de todo esto con cualquier político es como predicar en el desierto, ya que ellos se deben a sus votantes, que se manifiestan a través de incisivas plataformas y asociaciones vecinales, y qué decir de los vehementes alcaldes… A la demagogia de “a cada uno lo que pida” debería contraponerse la racionalidad de “a cada uno lo que necesita”. Estamos engañando a los ciudadanos, anteponiendo la accesibilidad mal entendida, poder ir al centro de salud cuando quieran y por lo que quieran, a la longitudinalidad en los cuidados.
El día que la política entró a dirigir la sanidad para dar la razón, a cambio de un voto, a los numerosos usuarios que ocupan las salas de espera y no al pobre desgraciado que está tras la mesa, ese día todos debimos colgar la bata.


