Hay viajes que dejan huella. Que te remueven por dentro, te hacen mirar la realidad con otros ojos y te recuerdan por qué elegiste esta profesión. Nuestro viaje a Ceuta ha sido uno de ellos.
La CESM decidió acudir a Ceuta y nosotros como parte de la CESM allí fuimos. Nos sentimos privilegiados de haber podido acompañar a nuestros compañeros, escucharles y conocer de primera mano la realidad que están viviendo. Nos fuimos de Asturias con muchas preguntas y hemos vuelto con el corazón lleno de sentimientos difíciles de explicar. Incertidumbre, orgullo, dolor, decepción y, por encima de todo, esperanza.
INCERTIDUMBRE
Salimos de Asturias preguntándonos cuánto había de realidad en aquellas imágenes que veíamos en televisión. ¿Estaban nuestros compañeros viviendo realmente una situación tan extrema? ¿Qué estaba ocurriendo al otro lado de la pantalla?
Al llegar, comprendimos que ninguna imagen podía transmitir por completo la magnitud de lo que habían vivido. Detrás de cada noticia había profesionales enfrentándose a una situación límite, intentando responder a una emergencia que desbordaba cualquier previsión.
ORGULLO
Orgullo de pertenecer a esta profesión. Orgullo de nuestros compañeros.
Cuando ocurrió la invasión y la llegada masiva de personas a través de la frontera puso a prueba la capacidad de respuesta del sistema sanitario, ellos no dudaron. Se quedaron, trabajaron durante todas las horas que fueron necesarias y atendieron a quienes necesitaban ayuda. Sin mirar de dónde venían, qué idioma hablaban o qué historia había detrás de cada persona.
Porque eso es ser médico. Estar ahí cuando más se necesita. Incluso cuando faltan los medios, cuando la situación te supera y cuando nadie puede garantizarte que todo vaya a salir bien.
Nuestros compañeros estuvieron. Respondieron con sus conocimientos, con su compromiso y con su humanidad. Y eso merece todo nuestro reconocimiento.
DOLOR
Duele pensar que, ante una situación de semejante magnitud, nuestros compañeros sintieran que estaban solos. Duele la falta de una respuesta adecuada, la ausencia de los medios necesarios y la sensación de desprotección ante una emergencia que exigía coordinación, previsión y respaldo institucional.
Y duele todavía más que, después de enfrentarse a una situación dramática y descontrolada, tengan que escuchar reproches y acusaciones de mala praxis.
¿Mala praxis? ¿Con qué medios? ¿En qué condiciones? ¿Cómo se puede exigir una historia clínica completa cuando llegan pacientes que hablan diferentes idiomas, cuando la comunicación resulta prácticamente imposible y cuando la prioridad inmediata es atender una emergencia que desborda todos los recursos disponibles?
Nuestros compañeros tuvieron que tomar decisiones en circunstancias extraordinarias, tratando de hacer lo mejor posible con los medios que tenían. Juzgar su actuación sin comprender el contexto en el que trabajaron es ignorar la realidad de quienes estuvieron allí, dando la cara cuando más se les necesitaba.
La medicina necesita responsabilidad,, por supuesto. Pero también necesita justicia, rigor y conocimiento de las circunstancias. Duelen las exigencias y las coacciones en una situación extrema sin preguntarse antes si se proporcionaron los medios necesarios.
DECEPCIÓN
Decepción hacia quienes debían haber protegido a sus profesionales y garantizarles unas condiciones de seguridad adecuadas. Hacia quienes tenían la responsabilidad de respaldar a los médicos y facultativos de Ceuta en un momento especialmente delicado.
Pero hay una pregunta que no podemos dejar de hacernos: ¿quién es el responsable de la sanidad en Ceuta?
La respuesta es INGESA, el Instituto Nacional de Gestión Sanitaria, adscrito al Ministerio de Sanidad. Es decir, la sanidad de Ceuta depende del Ministerio que dirige Mónica García.
Y entonces, la pregunta es inevitable: ¿dónde estaba esa responsabilidad cuando nuestros compañeros necesitaban protección, medios y respaldo? ¿Por qué no garantizaron su seguridad? ¿Por qué no dieron una respuesta a la altura de una emergencia de semejante magnitud?
Porque no basta con gestionar desde un despacho, ni con exigir explicaciones a quienes estuvieron en primera línea. La responsabilidad pública también consiste en anticiparse, dotar de recursos a los profesionales, activar los mecanismos necesarios ante situaciones excepcionales y proteger a quienes sostienen el sistema sanitario con su trabajo.
Nuestros compañeros no solo tuvieron que afrontar una emergencia sanitaria de enorme complejidad. También se sintieron desprotegidos y cuestionados por trasladar una realidad que, desde su experiencia profesional, consideraban relevante para la salud pública.
Y hay algo especialmente doloroso en todo esto: que se les llegue a señalar como xenófobos o racistas cuando lo que reclaman es poder trabajar con seguridad, disponer de medios adecuados y ejercer la medicina con garantías.
Ceuta es una sociedad multicultural, en la que conviven personas de diferentes orígenes y culturas. Precisamente por eso, hablar de las dificultades sanitarias, epidemiológicas o asistenciales no debería convertirse en motivo de estigmatización. Describir una realidad sanitaria no es señalar a las personas. Reclamar medidas de protección no es discriminar. Y exigir recursos para atender a todos con dignidad no puede ser motivo de reproche.
La salud pública exige rigor, información y capacidad de respuesta. Y los profesionales que están en primera línea necesitan que se les escuche, que se les proteja y que se reconozca la dificultad de su trabajo.
ESPERANZA
Y, a pesar de todo, hemos vuelto con esperanza.
La esperanza que nace al conocer a personas que, incluso después de vivir situaciones tan difíciles, siguen adelante. Profesionales fuertes, valientes y comprometidos, que no renuncian a defender su dignidad ni a reclamar aquello que consideran justo.
Nos hemos traído su ejemplo, su determinación y la certeza de que la solidaridad entre compañeros no entiende de fronteras. Que, cuando uno de los nuestros atraviesa una situación difícil, los demás no podemos mirar hacia otro lado.
Desde SIMPA hemos querido estar allí para acompañarlos, escucharlos y hacerles saber que no están solos. Y hemos regresado con una convicción todavía más firme: defender a nuestros compañeros es también defender nuestra profesión, nuestra dignidad y el derecho de todos a una sanidad que cuente con los recursos necesarios para responder a las necesidades de la población.
Porque no basta con exigir responsabilidad a quienes están en primera línea. También hay que ofrecerles protección, medios y respaldo. No basta con pedirles que estén a la altura de las circunstancias. Quienes tienen responsabilidades de gestión deben estarlo también.
Ceuta nos ha recordado que, detrás de cada bata blanca, hay personas. Personas que sienten, que sufren, que se comprometen y que, aun en las circunstancias más difíciles, siguen estando ahí.
A nuestros compañeros de Ceuta: gracias por vuestra entrega, por vuestra valentía y por recordarnos que esta profesión se construye cada día con humanidad, compromiso y dignidad.
Desde Asturias, estamos con vosotros. Hoy, mañana y siempre.
CEUTA NO SE VENDE. CEUTA SE DEFIENDE.
Y a nuestros compañeros, se les escucha, se les respeta y se les defiende.


